En un momento en el que la información sanitaria circula a gran velocidad entre redes sociales, mensajería instantánea, buscadores, medios, plataformas y herramientas de inteligencia artificial, la relación de la ciudadanía con la salud ha cambiado profundamente. Ya no basta con disponer de buenos profesionales o con generar evidencia científica rigurosa: hoy también resulta imprescindible saber comunicar, anticiparse a los bulos y acompañar a pacientes y ciudadanos en un ecosistema digital donde la desinformación en salud e IA hace el entorno cada vez más complejo.
Para Carolina Fernández-Castrillo, profesora titular de IA, Comunicación Digital y Cibercultura de la Universidad Carlos III, el sistema sanitario se enfrenta a una transformación estructural marcada por dos grandes ejes: los cambios demográficos y la aceleración tecnológica. Y en ese proceso hay una prioridad clara: “mantener la calidad de la sanidad pública española” para garantizar la equidad en el acceso a los mejores tratamientos.
En ese contexto, la desinformación en salud y la inteligencia artificial se han consolidado como uno de los grandes desafíos para profesionales, instituciones y ciudadanía. La experta advierte de que «la sobreabundancia de información dificulta que los mensajes de salud pública calen en la población», por lo que considera urgente «fomentar la alfabetización digital por generaciones aplicada al ámbito sanitario», especialmente “ante los nuevos desafíos planteados en la era de la IA”.
El impacto en la salud mental: hipocondría digital
Fernández-Castrillo recuerda que «la desinformación en salud fue uno de los temas protagónicos durante la pandemia del 2020». Considera que aquel período hizo visible la necesidad de una mayor cercanía institucional, más alfabetización sanitaria y una comunicación más transparente. También sacó a la luz «el impacto del discurso pseudocientífico de influencers en colectivos sensibles», una realidad que, a su juicio, obliga a repensar las estrategias de comunicación para combatir la desinformación en salud.
El personal sanitario ha tenido que reforzar sus capacidades comunicativas, explica. «El personal sanitario tuvo que adquirir una serie de soft skills para comunicar en entornos conectivos con el fin de combatir bulos».
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Profesora Titular de IA e Innovación Digital en la Universidad Carlos III de Madrid. Doctora Europea por La Sapienza Università di Roma y Premio Extraordinario de Doctorado de la UCM con Mención de Excelencia del Real Colegio Complutense en la Universidad de Harvard. Es miembro fundador del Venice Centre for Digital and Public Humanities, en la Università Ca’ Foscari Venezia, donde lidera proyectos de investigación y de transferencia con el fin de promover nuevos formatos de periodismo digital y participación cívica para la ecoalfabetización mediática. Ha sido investigadora visitante en Yale University, ZKM, Bayreuth Universität y FAU Erlangen-Nürnberg, entre otras. También fue responsable del área de Aprendizaje Experiencial en New York University-Madrid. Actualmente, es la coordinadora de Comunicación y Cultura Digital en la Asociación Española de Investigación de la Comunicación (AE-IC) y está al frente de la línea de investigación sobre desinformación medioambiental en Iberifier (Iberian Digital Media Observatory).
Esa presencia de especialistas en los espacios donde circula desinformación resulta clave para hacer frente a fenómenos como la «cibercondría», que define como un «trastorno de ansiedad basado en la búsqueda compulsiva de información médica en internet sobre síntomas tanto reales como imaginarios». Según señala, esta hipocondría digital puede abrir la puerta a la desinformación, a través de «teorías conspirativas y negacionistas basadas en bulos».
Fernández-Castrillo enmarca además este escenario en una transformación social más amplia, en la que «la ecoansiedad y la salud digital son algunos de los fenómenos de mayor alcance en la actualidad que surgen en gran medida como resultado de la era de la desinformación». A su juicio, el sistema sanitario «debe renovarse para dar respuesta a las necesidades del momento» y hacerlo «en colaboración con expertos de otras disciplinas para hallar soluciones multifactoriales y escalables».
Integración de la Inteligencia Artificial en los procesos sanitarios
En ese proceso, la inteligencia artificial ocupa un lugar central, aunque la profesora llama a la prudencia. Antes de pensar en desarrollos más avanzados, apunta a una carencia estructural: «La falta de interoperabilidad entre comunidades autónomas es uno de los primeros pasos necesarios para actualizar los sistemas informáticos de los centros de salud españoles». Y añade: «Hasta que esto no se resuelva, resulta poco realista pensar en la integración de tecnologías más avanzadas en el circuito sanitario».
Aun así, identifica usos con potencial claro. Entre ellos, «la popularización de chatbots postconsulta, entrenados con fuentes oficiales», que podrían responder dudas frecuentes de los pacientes «desde una base científica 24/7». También menciona «el fact-checking automatizado», aunque advierte de que «aún estamos explorando el grado de autonomía y veracidad de este tipo de recursos». La cautela, insiste, es imprescindible porque «los modelos de IA pueden incurrir en alucinaciones técnicas, confundiendo aún más a los pacientes».
Junto a esos riesgos, también ve oportunidades concretas. Un uso avanzado de la IA podría contribuir de forma significativa a la medicina predictiva y personalizada, así como a simplificar procesos administrativos, afirma. Y pone como ejemplo «el uso de escribas ambientales», herramientas que permiten la «redacción automática de conversaciones» para facilitar que “el paciente mantenga contacto visual con el médico» y que el profesional disponga del informe clínico redactado al final de la consulta.
Alfabetización en salud: herramienta contra la desinformación
Más allá de la tecnología, Fernández-Castrillo insiste en que la alfabetización mediática en salud sigue siendo una asignatura pendiente. «La información sanitaria es un campo de creciente interés, pero aún ampliamente desconocido», sostiene. Aunque la pandemia acercó a la población a este tipo de contenidos, «no se facilitaron las herramientas suficientes para poder empoderarnos como pacientes y ciudadanos capacitados después de aquel periodo».
Esa carencia tiene consecuencias directas en la vida cotidiana. La experta subraya que la «sensación de impotencia y de dependencia genera ansiedad e incertidumbre», especialmente cuando hay que tomar decisiones importantes sobre la propia salud o la de personas cercanas. Por eso reclama más formación y más pedagogía pública, desde «cursos, talleres, experiencias formativas desde la educación formal a entornos no reglados». También alerta de que «la falta de transparencia sobre el acceso a nuestros expedientes para poder hacer una gestión autónoma» y el desconocimiento sobre determinadas políticas públicas aumentan «a sensación de malestar y desconexión», creando «un preocupante caldo de cultivo para las campañas de desinformación sanitaria».
Estrategias recomendadas para las instituciones sanitarias
En un entorno dominado por algoritmos, formatos breves y competencia por la atención, considera que las instituciones no pueden limitarse a emitir información rigurosa. «El debuking (desmentido) y prebuking (anticipación del bulo) debe llevarse a cabo a través de los canales nativos de las generaciones millennial, centennial y alpha», señala, «mediante vídeos cortos y con formatos audiovisuales que conecten con su estilo comunicativo. Al mismo tiempo, defiende adaptar estrategias a otros grupos de edad, por ejemplo, enseñando a detectar mensajes falsos en WhatsApp «a través de experiencias colectivas en centros de salud o asociaciones».
Su propuesta pasa también por reforzar la función orientadora del profesional sanitario. «El personal médico podría recetar apps, webs y perfiles de confianza» para que los pacientes cuenten con «fuentes de referencia fiables, accesibles y cercanas» donde resolver dudas e inquietudes. De esta forma, dice, se contribuiría a reducir «la confusión, angustia e inseguridad a la hora de tomar decisiones sobre la propia salud».
El horizonte del «produsuario»: Innovación sin exclusión
De cara al futuro, Fernández-Castrillo cree que «resulta necesaria una alianza interdisciplinar para el diseño de nuevas estrategias que permitan introducir la alfabetización digital en el ámbito sanitario entre los profesionales, ciudadanos y gestores». También subraya que «el ámbito de la salud mental está liderando las innovaciones más significativas en la aplicación de las nuevas tecnologías y plataformas sociales al sector sanitario», en un contexto en el que los pacientes son también «ciudadanos, votantes y usuarios».
En esta evolución, destaca la construcción de la figura del «produsuario sanitario», que «promueve la idea de salud participativa» y abre la posibilidad de generar e intercambiar información «de forma segura». Pero deja claro que cualquier transformación debe partir de una condición básica: reconocer la desigualdad de partida. «Resulta imprescindible tener en cuenta la existencia de una brecha digital, las dificultades en el acceso a las nuevas tecnologías y el grado de conocimiento inicial de los distintos sectores poblacionales», explica. Porque «en ningún caso puede haber pacientes de tercera clase que queden excluidos de este nuevo ecosistema sanitario».
